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¡Menudo Henry!

El hermano preferido de Jane Austen

Militar, banquero y clérigo

Cuando Jane llegó al número sesenta y cuatro de Sloane Street su alma disfrutaba de un apacible sosiego del que no había gozado desde hacía más de un año. Antes de entrar en el que se había convertido en su hogar de Londres, permaneció unos segundos con los ojos cerrados, mientras aspiraba el aroma de las flores que adornaban la entrada. La sonrisa que iluminó su rostro en ese instante fue la misma que anunció a Eliza que su favorita, por fin, había encontrado el camino de vuelta a la felicidad.

            -¿Has escrito algo nuevo últimamente? –le preguntó mientras tomaban el té esa misma tarde.

            -No, llevo bastante tiempo sin ideas ni ganas de sentarme a escribir –reconoció Jane.

            -Pues deberías retomar esa buena costumbre cuanto antes.

            -Supongo que tienes razón.

            -¿Cómo que supones? Henry, cariño, ¿te importaría recordarle a tu hermana que yo siempre tengo razón? –repuso Eliza, haciendo reír a sus acompañantes.

            -A mí me encanta todo lo que escribes –intervino Henry-. Lo encuentro tan divertido e ingenioso…

            -Sí, como esa “Historia de Inglaterra” para la que Cassandra hizo esos dibujos tan encantadores –puntualizó su esposa-. ¿Cómo era…? –se preguntó, tratando de recordar-. “Historia de Inglaterra desde el reinado de Henry cuarto hasta…”

            -“Hasta la muerte de Carlos primero” –la ayudó Jane sonriente.

            -“Por una historiadora parcial, prejuiciosa e ignorante” –completó Henry en tono grandilocuente-. Es decir, como muchos historiadores, pero sin miedo a reconocerlo.

            -¿Cuántos años tenías cuando la escribiste?

            -Quince o dieciséis, no recuerdo bien.

            -A esa edad yo solo me preocupaba por los vestidos, los bailes y los jóvenes apuestos.

            Jane estuvo a punto de ironizar sobre lo poco que había cambiado la situación tras veinticinco años, pero finalmente fue otro su comentario.

            -Yo también me preocupaba por eso, pero hay tiempo para todo.

            -Sí, incluso para inscribir algunos matrimonios en el registro de la parroquia –apostilló Henry con gesto travieso.

            -¿¡Cómo!? –exclamó Eliza sorprendida.

            -¡Pero cómo puedes ser tan…! Ya ni me acordaba de eso –gruñó Jane incrédula-. ¡Menudo Henry estás hecho! –le espetó divertida.

            -Ahí donde la ves, tan formal y discreta –comenzó a explicarle Henry a su esposa-, esta jovencita aprovechó un despiste de mi padre para coger el registro de matrimonios de su parroquia e inscribir no uno, sino varios enlaces suyos con diversos caballeros de la nobleza…

            -¿Es eso cierto?

            -No, no lo es –respondió Jane tajante-. No todos eran de la nobleza –aclaró ante la inminente protesta de su hermano.

            Henry aceptó la corrección con una amplia sonrisa y continuó relatando otros episodios divertidos de su infancia, logrando arrancar sonoras carcajadas de ambas damas, que al poco tiempo tuvieron que extraer sus abanicos para paliar el acaloramiento de sus rostros enrojecidos por la risa.

            -Pues te repito lo que te dije antes –insistió Eliza con una mirada cariñosa-. Tienes que volver a escribir.

            -Y tendrías que probar de nuevo con un editor distinto –la apoyó su esposo-. Yo podría ayudarte. Seguro que alguno de mis clientes conoce a algún editor que pueda estar interesado en tus trabajos.

            -No sé, Henry, ya lo intentamos y no tuvimos ningún éxito.

            -Pues habrá que intentarlo de nuevo.

            -Pero es que eso cuesta dinero y yo apenas tengo unas libras. Y, ahora que papá se ha retirado, no le puedo pedir que haga ese gasto.

            -Nosotros te ayudaremos –intervino Eliza-. En cuanto termine la guerra, viajaremos a Francia. El difunto Conde de Feuillide me dejó en herencia tierras y algunas casas. Así que tan pronto se firme una tregua, las venderemos. Y podrás publicar todos los libros que quieras.

Jane comprendió que no tenía sentido seguir discutiendo y asintió con una sonrisa de agradecimiento.

———-

No hay duda de que Jane Austen quería muchísimo a todos sus hermanos. Basta leer algunas de sus cartas para detectar ese afecto. Pero, igual que ocurre en cualquier familia numerosa, su relación con cada uno de ellos era diferente. Cassandra era su única hermana y, por eso, ocupaba un puesto singular. Chicos había muchos y cada uno tenía una personalidad distinta. James era el mayor y el más culto, Edward, el aristócrata, Frank, el marino intrépido, Charles, el benjamín de la familia y Henry… Henry era Henry. Divertido, audaz, cariñoso… What a Henry! Exclama Austen en alguna de sus cartas, dotando de múltiples significados a ese nombre tan querido para ella.

Para hacerse una idea de quién era este caballero, bastará recordar que se casó con su prima Eliza, a la que dedicamos una entrada anterior (pincha aquí). Era capaz de lograr lo que se proponía, o al menos de proponerse muchas cosas y tratar de lograrlas. Tras estudiar en Oxford, se alistó en el ejército, en cuyas peripecias contó con la compañía de su flamante esposa. Más tarde cambió radicalmente de profesión y se introdujo en las finanzas, dedicándose a la banca en Londres, donde pudo disfrutar de una vida social más variada, y más propia de su amada Eliza. Finalmente, tras sufrir una sonora bancarrota, optó por una existencia menos aventurera y más segura, y fue ordenado sacerdote. En este caso ya no contó con la compañía de su esposa, que había fallecido con anterioridad.

Henry adoraba a su hermana Jane, y, al igual que el resto de la familia, la animó en su carrera de escritora. Fue él quien rescató a Susan del olvido, tras varios años encerrada en un cajón, y logró que algunos años después viera la luz, aunque con otro nombre. Susan pasó a llamarse Catherine y su historia se publicó bajo el título de Northanger Abbey.

También fue él quien, movido por el orgullo fraterno, contravino la voluntad de su hermana Jane de permanecer en el anonimato, al desvelar la identidad de la autora de Orgullo y Prejuicio a unas lectoras de esta novela con las que se cruzó en un viaje. Al enterarse de esto, Jane Austen no ocultó su malestar en una de sus cartas, sin embargo, le debía tanto a este hermano, «que no podía evitar ser divertido» y que no dudó en gastar tiempo y dinero para ayudarla en su carrera de escritora, que solo podía disculparle mientras pensaba «¡Menudo Henry está hecho!»

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