La locura de D. Sancho

ESCENA I

(Llamando a la puerta)

Mayordomo: Mi señor, mi señor, despertad

Señor: (Abre la puerta) ¿Qué ocurre? ¿Por qué me despertáis?

Criado: Es vuestro hijo señor, ha vuelto a entrarle la locura y habla de una manera muy extraña.

Señor: Traedlo aquí. (Sale el criado)

Pobre hijo mío, desde que Altisidora le rechazó se ha dedicado a leer libros y del mucho leer y poco dormir se le ha trastornado el seso.

(Entran dos criados con el hijo)

Señor: ¿Qué os ocurre Sancho, hijo mío?

Sancho: Ser o no ser esta es la cuestión.

Señor: ¿Cómo?

Sancho: (Mirándole) Vos, ¿qué hacéis aquí? ¿Habéis vuelto para matarme? Ya me lo dijo Merlín: no os fiéis de Morgana, lo único que quiere es vuestra muerte y vuestro trono.

Señor: Sancho, hijo mío, ¿no me reconoces? Soy tu padre.

Sancho: ¡No!, no volveréis a engañarme. Vos sois el mago Bunzá, el mismo que convirtió a los gigantes en molinos justo cuando iba a ensartarlos con mi espada. ¡No volveréis a engañarme! (Sale)

Señor: Cómo sufro viendo a mi hijo en esta situación, pero ¿qué puedo hacer? (Sale)

ESCENA II

(Entra el médico y se dirige al señor de la casa)

Médico: Buenos días querido Lorenzo ¿para qué me habéis llamado?

Señor: ¡Ay! querido amigo, mi hijo, ha enloquecido. La tristeza y la mucha lectura le han llevado a ir convirtiéndose en personajes de la literatura.

Médico: ¿Qué me decís?

Señor: Lo que oís.

(Entra el hijo acompañado de un criado)

Sancho: (Suspirando) Julieta, Julieta.

Médico: ¡Don Sancho!

Sancho: ¿Qué decís bellaco? ¿A quién llamáis así? Mi nombre es Robin de Locksley, y soy el dueño de estas tierras, así que marchaos. (Sale) Julieta, Julieta.

Señor: ¿Habéis visto?

Médico: Sí, y no puedo dejar de maravillarme ante tan extraña enfermedad.

Señor: Podéis decirme qué he de hacer para que se cure.

Médico: No sé, no sé. Dejadme pensar. ¿Y si le siguiéramos la corriente? ¿Qué pasaría si nosotros también nos trasformáramos en personajes literarios? Quizá así podamos ayudarle a salir de su locura.

Señor: ¿Pensáis que esa es la solución?

Médico: No estoy seguro, pero no creo que perdamos nada intentándolo.

Señor: De acuerdo, intentémoslo, y que el Cielo nos guíe. (Salen)

ESCENA III

Sancho: Con diez cañones por banda/ viento en popa a toda vela…/ no corta el mar sino vuela/ un velero bergantín…

(Entran Lorenzo y el médico)

Médico: Contadme, Mío Cid, ¿cómo os fue en la última batalla?

Lorenzo: Pues no muy bien amigo mío. tan sólo matamos a mil moros y. . .

Sancho: ¿Sois vos el Mío Cid?

Señor: Así es, ¿con quién tengo el gusto de hablar?

Sancho: Con Dartañán

Médico: Buen espadachín me han dicho que sois

Sancho: Me alegra que hayáis oído hablar de mí. Pues sí así es.

Señor: ¿Y qué os trae a estas tierras castellanas?

Sancho: La búsqueda de nuevas aventuras, la vida en palacio es demasiado aburrida.

Médico: Entiendo.

Sancho: Bien señores, he de continuar mi marcha. Ha sido un placer conversar con vuestras mercedes. Si me disculpan. (Sale).

Médico: Ciertamente curioso.

(A los cinco segundos entran dos criados)

Criado 1: Señor, vuestro hijo está retando a duelo a todos los de la casa.

Criados: Sí, a mí me ha citado mañana a las nueve detrás de la iglesia.

Médico: No os preocupéis, es sólo un delirio pasajero.

Señor: Espero que vuestro tratamiento no empeore el estado de mi hijo.

Médico: Tranquilo, confiad en mí. (Salen).

ESCENA IV

(Dos criados limpiando. Entra Sancho)

Sancho: ¿Qué buscáis, rateros? ¿Pretendéis robarme? Largo de aquí maleantes sino queréis que os atraviese con mi espada.

(Los criados huyen)

Sancho: (Arrodillado como si estuviera delante de una dama) ¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla. . . la luna más pura brilla y se respira mejor….

Médico: Mirad Mío Cid, ¿No es ese el bueno de Dartañán?

Señor: Ciertamente es él ¿Como os va monsieur?

Sancho: ¿A quién llamáis así? ¿Acaso tengo yo aspecto de francés? Mi nombre es D. Juan Tenorio, y soy conocido en el mundo entero por el valor de mi espada y mi capacidad de seducción.

Señor: Perdonad la confusión. Yo soy Rodrigo Díaz de Vivar, y este es mi escudero.

Sancho: ¿Sois vos el Cid Campeador?

Señor: Así es.

Sancho: (Hace una reverencia) Me honra estar en vuestra presencia. Soy un fiel admirador vuestro. Vos sois mi modelo de valentía y de coraje en la lucha.

Médico: Ciertamente habéis elegido un buen modelo, pues no hay nadie tan valiente como él.

(Entra un criado)

Criado 3: D. Lorenzo, señor, han traído una carta para vos. (Sale)

Sancho: ¿D. Lorenzo? Vos no sois el Cid, habéis intentado engañarme. Sois un bellaco y un malnacido, un hombre sin honor.

Señor: ¡Sancho, hijo mío!

Sancho: ¿¡Cómo!? ¿os atrevéis a insultarme? ¿Acaso pensáis que no sé quién soy y de quién procedo? Moriréis villano. (Le ataca)

(Forcejean. El médico trata de separarlos, caen al suelo y se golpean en la cabeza. Sancho se levanta aturdido.)

Sancho: ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? Pascual, buen amigo decidme ¿que ha ocurrido? Es como si despertase de un sueño.

Médico: Como si os sacaran de un libro diría yo. Pero ya estáis bien. ¡Mirad Lorenzo vuestro hijo ya se ha curado!

(Lorenzo se levanta del suelo)

Sancho: ¡Padre!, ¿Qué hacíais en el suelo?

Lorenzo: ¡¿A quién llamáis así, impostor?! Yo soy Arturo, rey de Camelot y señor de la mesa redonda. Mis caballeros son el orgullo y la envidia de todo el mundo conocido.

Médico: (Se lleva las manos a la cabeza) ¡Oh, no! ¡Hemos salido del fuego para caer en las brasas!

Lorenzo: (Sonriendo) No os preocupéis, sólo estaba bromeando. ¡Que alegría que ya estés sano! (Todos se abrazan)

FIN

EL GRAN DUELO

ESCENA I

(En escena aparecen Dartañán, su fiel escudero Andréu y su amigo Marcel. Pasean lentamente por el escenario)

Dartañán: ¡Oh, amigos míos, no puedo más!

Andréu: ¿Por qué? ¿Qué sucede?

Dartañán: Estoy cada día más enamorado de Juliet, sólo con pensar en ella siento como si mi corazón fuera un caballo desbocado.

Marcel: Bueno, ¿y cuál es el problema? Si tan enamorado estáis decídselo y ya está.

Dartañán: Pero ¿es que no te das cuenta de que ella es la princesa y yo no soy más que el último mosquetero? Jamás me aceptará.

Andréu: No sé por qué habláis así, lo de que las princesas sólo se casen con príncipes era antes, ahora, en pleno siglo diecisiete, si la princesa os ama podréis conseguir su mano.

Marcel: Es cierto, Dartañán, pero ¿os ama?

Dartañán: No lo sé, creo que sí.

Andréu: ¿Sólo lo creéis? ¿Nunca se lo habéis preguntado?

Dartañán: Es que nunca encuentro el momento de hablar a solas con ella.

Marcel: Pues ahora vais a tener una buena oportunidad, por ahí viene.

(Aparecen la princesa Juliet con su dama de compañía y varios soldados que la escoltan)

Juliet: Hace un día espléndido para pasear, ¿verdad, Marie?

Marie: Sí, mademoiselle, mirad quién está ahí, ¿no es el apuesto Dartañán?

Juliet: Sí, es cierto, ¡Buenos días caballeros!

Dartañán, Marcel y Andréu: (Haciendo una reverencia) Buenos días, alteza

Marcel: (hablando al oído de Dartañán) Nosotros nos encargaremos de que os quedéis a solas con la princesa, declaraos ahora o disponeos a arrepentiros el resto de vuestra vida.

Señora Marie, ¿habéis visto que flores tan hermosas crecen por aquí?

Andréu: Ayudadnos a hacer un ramo para la princesa

Marie: Oh, qué jóvenes tan simpáticos.

(Se retiran un poco dejando a Dartañán y a Juliet a solas)

Juliet: Hacía tiempo que no os veía

Dartañán: ¡Princesa!

Juliet: ¿Sí?

Dartañán: ¡Juliet!

Juliet: Sigo aquí

Dartañán: (Con una rodilla en el suelo) Llevo semanas intentando deciros lo que siento por vos, pero hasta hoy no me he atrevido. ¡Os amo!

Juliet: ¿¡Me amáis!?

Dartañán: ¡Con todo mi corazón!

Juliet: ¡Oh!

Dartañán: ¿Sólo decís eso?

Juliet: ¡Ah!

Dartañán: ¡Pero bueno! ¡Es que no sabéis decir más que monosílabos?

Juliet: ¡Eh!

Dartañán: ¿Y?

Juliet: Yo también os amo

Dartañán: ¡Qué feliz me hacéis! Tengo que hablar con vuestro padre enseguida para pedirle vuestra mano.

Juliet: ¡Vayamos juntos!

(Salen del escenario)

ESCENA II

(En el palacio real. El rey está sentado leyendo una carta con gesto de preocupación, le rodean varios consejeros y algunos soldados)

Criado 1: Majestad, el mosquetero Dartañán pide ser recibido.

Rey: Hacedle pasar

(Entra Dartañán seguido de Juliet. Se arrodilla delante del rey)

Dartañán: Majestad

Rey: Decidme, Dartañán, ¿qué deseáis decirme?

Dartañán: Majestad, puede que este no sea el mejor momento, pero necesito deciros que estoy enamorado de vuestra hija.

Rey: ¿¡La amáis!?

Dartañán: Con todo mi corazón

Rey: ¡Oh! ¿Y ella os ama?

Juliet: Sí, padre

Rey: ¡Ah!

Dartañán: (mirando al público) Claramente, de tal palo tal astilla. (Al rey) He venido a pediros su mano.

Rey: (Poniéndose en pie) No sabéis cuánto lo siento, mi fiel Dartañán, en otras circunstancias no dudaría en daros mi aprobación pero creo que va a ser imposible.

Dartañán: ¿¡Imposible!? ¿Por qué?

Consejero 1: ¿Me permitís majestad?

Rey: (sentándose de nuevo) Adelante

Consejero 1: Como sabéis, llevamos años en guerra con los ingleses, aunque no han conseguido derrotarnos, poco a poco nos están debilitando

Dartañán: ¿Y?

Consejero 2: Hoy ha llegado una carta del rey de Inglaterra ofreciéndonos la paz

Dartañán: ¡Fantástico!

Consejero 1: A cambio de que su hijo se case con la princesa Juliet

Juliet: ¿¡Cómo!? ¿Casarse conmigo? Pero si ni siquiera nos conocemos.

Consejero 2: De ese modo, nuestros reinos se unirán sin necesidad de más guerras.

Juliet: ¡No habrás aceptado! ¿Verdad, papá?

Rey: Aún no he respondido, pero que remedio me queda. Además, no sé de qué te quejas, el príncipe inglés es un muchacho apuesto y un gran espadachín, su único defecto es que es demasiado presumido, se cree el mejor en todo. Hoy podrás verlo, el rey y su hijo van a venir en persona para escuchar nuestra respuesta.

Dartañán: Tengo una idea, majestad.

Rey: Os escucho

Dartañán: Dejadme provocar al príncipe para que quiera combatir conmigo, haremos un pacto; si gana él, se casará con la princesa y si pierde, retirarán sus ejércitos de nuestro país. En cualquier caso no tenéis nada que perder.

Rey: ¿Creéis que aceptará?

Dartañán: No lo sé, pero al menos tenemos que intentarlo.

Rey: Está bien. Veamos qué ocurre.

Sirviente 1: Su majestad el rey de Inglaterra y su alteza el príncipe

(Entran el rey y el príncipe)

Rey: Bienvenidos a mi palacio

King: Vayamos al grano, ¿habéis tomado una decisión?

Rey: Pues…

Dartañán: Hay un pequeño problema

Príncipe: (mirando a Dartañán con desprecio) ¿Cuál?

Dartañán: Pues que la princesa ya está comprometida.

Príncipe: ¿Comprometida con quién?

Dartañán: Con el mejor espadachín de Francia y de toda Europa.

Príncipe: (Acercándose desafiante a Dartañán) ¿Puedo preguntar quién es ese patán?

Dartañán: Lo tenéis delante.

King: Esto es absurdo (al rey), ¿vais a desperdiciar la oportunidad que os brindo de acabar con la guerra por culpa de este mequetrefe? (A Dartañán, en tono de burla) ¿El mejor espadachín de Europa? ¿Estáis seguro?

Dartañán: Aún no he encontrado a nadie capaz de vencerme, (al príncipe) ¿seríais capaz vos?

Príncipe: No tengo la menor duda.

Dartañán: Pues si tan seguro estáis, ¿por qué no decidimos quién se casará con la princesa en un duelo? Si me derrotáis podréis casaros con ella, pero si os venzo… Retiraréis vuestras tropas y volveréis a vuestra isla.

King: ¡Insolente! ¡Cómo osáis hablar así a mi hijo!

Príncipe: Tranquilo, padre, este deslenguado quiere que le den una lección y estaré encantado de ser yo quien se encargue.

Dartañán: ¿Aceptáis el reto, pues?

Príncipe: (Mirando primero a su padre y luego a Dartañán) ¡Acepto! Mañana a mediodía os demostraré quién es el mejor espadachín de Europa. (Salen todos menos el rey de Inglaterra y su consejero)

King: Aseguraos de que Dartañán no se presente mañana al duelo.

Consejero 3: ¿Tenéis miedo de que gane a vuestro hijo?

King: No, pero prefiero no arriesgar.

Consejero 3: ¿Queréis que …? (Se pasa el dedo por el cuello como si lo estuviera cortando como un cuchillo)

King: No, retenerlo en un lugar escondido, nos lo llevaremos a Inglaterra y allí le daremos su merecido. (Salen)

ESCENA III

(Dartañán pasea sólo por el escenario)

Dartañán: Sólo quedan dos horas para el duelo, pasaré antes por palacio para saludar a la princesa.

(Aparecen cuatro enmascarados que le rodean, combaten, Dartañán derrota a dos pero entonces uno le golpea en la cabeza con un palo y cae inconsciente. Se lo llevan. Andréu aparece en escena)

Andréu: Cielos, se han llevado a Dartañán, tengo que avisar a los mosqueteros para que lo rescaten. (Sale)

(Entran los secuestradores con Dartañán sujeto con una cuerda y amordazado)

Secuestrador 1: Así aprenderás a mantener la boca cerrada.

Secuestrador 2: ¡Qué lástima! Dentro de media hora todo el mundo pensará que sois un cobarde y que habéis huido para no enfrentaros al príncipe.

Secuestrador 3: Os espera un largo viaje hasta Inglaterra.

(Se oyen ruidos de combate, entran los mosqueteros corriendo, desarman a los secuestradores, liberan a Dartañán y le quitan la mordaza)

Dartañán: ¡Gracias, amigos!

Mosquetero 1: De nada Dartañán, Andréu nos ha avisado de lo que había ocurrido.

Mosquetero 2: Debes darte prisa si no quieres llegar tarde al duelo.

Mosquetero 3: Enséñale a ese príncipe como luchamos los mosqueteros.

(Desenvainan sus espadas y las unen en lo alto)

Dartañán: Uno para todos…

Mosqueteros: Y todos para uno

(Salen)

ESCENA IV

(En un lateral está el rey de Francia con la princesa, junto a ellos el rey de Inglaterra y su consejero. El príncipe está en medio del escenario, tiene la espada desenfundada y hace como si estuviera calentando)

King: ¿Dónde está vuestro mosquetero?

Rey: (Preocupado) Debería estar aquí, espero que no le haya ocurrido nada.

King: Me parece que lo ha pensado mejor y ha tomado las de Villadiego.

Juliet: ¡Oh, qué será de mí!

(Aparece Dartañán)

Dartañán: Buenos días, princesa, no os preocupéis ¡ya estoy aquí!

Mosquetero 1: Hemos tenido un pequeño imprevisto pero ya lo hemos solucionado.

King: (a su consejero) ¡Más os vale que mi hijo le derrote, si no pagaréis por esto con vuestra cabeza!

(Dartañán se pone frente al príncipe. Aparece el juez, se pone en medio de los dos y señala el inicio del combate. El duelo está muy igualado, la gente anima a los espadachines, finalmente Dartañán desarma al príncipe y le pone la punta de su espada en la garganta)

Dartañán: (Al rey inglés) Habéis intentado evitar que luchara contra vuestro hijo enviando unos matones para que me secuestraran, no sois digno de reinar en vuestro país, así que mucho menos en el nuestro. (Al príncipe) ¿Y vos? No sois mal espadachín, pero todavía estáis lejos de poder luchar contra un mosquetero. Marchaos a vuestra isla y no volváis nunca más por aquí. (Salen el rey de Inglaterra y el príncipe)

(Dartañán se acerca al rey de Francia y se arrodilla ante él)

Dartañán: Majestad, he cumplido con mi palabra derrotando a vuestros enemigos, ¿me concedéis ahora la mano de vuestra hija?

Rey: Toda Francia está en deuda con vos y yo especialmente, no hay otra persona que merezca más casarse con la princesa que vos.

(Todos vitorean a Dartañán)

FIN

DEL COMBATE DE DON RODRIGO

ESCENA I

(En una habitación del palacio del príncipe moro. Personajes: el príncipe, la princesa, su secretario, un guardián, consejero, esclavos)

Secretario: Señor, las tropas de los cristianos rodean la ciudad, nuestra murallas son fuertes y pueden resistir los asaltos, pero si no podemos salir pronto nos faltarán los alimentos y moriremos de hambre.

Príncipe: No entiendo cómo unos pocos cristianos pueden dominar a mi poderoso ejército. Nosotros somos más numerosos y mis soldados están preectamente adiestrados en el manejo de la espada.

Princesa: ¿Qué es lo que anima a esos castellanos a luchar con tanta fuerza?

Sec: Hay un joven cristiano llamado Rodrigo Díaz, procedente de Vivar al que todos siguen, cuyas palabras devuelven el ánimo a los soldados y cuya presencia despierta en ellos una fuerza incontenible.

Princesa: ¡Exageras! Seguramente será uno de esos caballeros que ha tenido suerte en alguna batalla y al que todos adoran como si fuera un dios.

Príncipe: Me gustaría ver a ese Rodrigo luchando con uno de mis guerreros. Por Alá que le cortaría la cabeza antes de que pudiera invocar a uno de sus santos.

Consejero 1: Majestad, he oído hablar de ese cristiano y sé que ha vencido a grandes príncipes musulmanes como vos.

Cons. 2: Es conocido por nuestra gente como el Cid y vos sabéis que tan sólo se da ese título a los que han demostrado su valor de una manera evidente.

Príncipe: Eso son tonterías, cuentos de las mil y una noche que se les dicen a los niños para asustarlos, pero la realidad es que mis guardianes son los más fuertes y que nadie puede vencerlos. ¡Abdulá!

Abdulá: ¿Señor?

Príncipe: ¿Estarías dispuesto a combatir con ese cristiano?

Abd: Estaría dispuesto a arrancarle los ojos y a cortarle la lengua si es ese tu deseo.

Príncipe: ¿Escucháis? Estos son mis soldados.

Cons. 3: Si tan seguro estáis de vuestros hombres, ¿por qué no retar al rey de los cristianos a un combate en el que se decida el dominio de la ciudad? Su mejor hombre contra el vuestro.

Principe: ¡Por los ojos de Alá! Eso haré. Mohamed, ¿no querías una solución para finalizar nuestro aprisionamiento? Pues ahí la tienes, su querido Cid luchará contra nuestro gran Abdulá.

Sec: ¿Estáis seguro de lo que decís? Pensad que el Cid es un caballero muy valeroso y de gran fuerza.

Princesa: Nadie puede con Abdulá. ¿No es cierto?

Abd: Confiad en mí, tendréis la cabeza de esa comadreja. Enviad un mensajero a su rey y decidle que su pequeño Cid va a entrar en la historia antes de lo previsto.

ESCENA II

(En la tienda del rey de Castilla. Personajes: el Rey, sus consejeros, soldados.)

Rey: Decidme consejeros, ¿cuál es el estado de la contienda?

Cons. A: La ciudad está rodeada, nadie puede salir ni entrar en ella sin ser visto y detenido por nuestros soldados.

Rey: ¡Bravo! Nuestras tropas se comportan heroicamente. No cabe esperar menos del ejército castellano.

Reina: Contadme, ¿ha habido algún hecho digno de mención? ¿Hay algún caballero que destaque por su actuación?

Cons. B: Sí, majestad.

Reina: ¿De quién se trata?

Cons. B: De quién va a ser sino del insigne caballero Don Rodrigo Díaz de Vivar. Él sólo por su mano ha derribado a cientos de enemigos y su presencia en el campo de batalla da ánimos a todos nuestros hombres.

(Entra un vigilante)

Vig: Majestad, una comitiva del ejército enemigo pide ser recibida por vos.

Rey: ¿Van armados?

Vig: No, majestad.

Rey: Hacedlos pasar.

(Entran el secretario, Abdulá y dos consejeros)

Sec: “Sala Malicum”

Rey: Salud. ¿Qué noticia queréis transmitirme?

Sec: Majestad, el príncipe Alfasar os envía saludos y desea haceros una proposición que disminuya la duración de la batalla y el número de muertos de ambos ejércitos.

Reina: Interesante propuesta debe ser esa.

Rey: Continuad, ¿cuál es la oferta que aliviará vuestros sufrimientos?

Sec: También los vuestros, majestad.

Rey: Es posible, pero por favor continuad.

Sec: Sabido es por todo el mundo que entre vuestros hombres y los nuestros se encuentran los mejores guerreros de nuestros días. Por ello su majestad el príncipe Alfasar piensa que es una lástima derrochar sus vidas y os propone un combate que decida el fin de la batalla; nuestro mejor hombre contra el vuestro.

Rey: Entiendo… deseáis jugar toda la guerra a un pergamino.

Reina: ¿Puedo preguntaros quién sería vuestro guerrero?

Sec: ¡Abdulá!

(Entra)

Guar: ¿Llamabas?

(Todos se asombran)

Cons A: ¡Buen guerrero, par diez!

Cons 1: Es nuestro mejor guerrero. ¿Cuál es el vuestro?

Rey: No sabría que decir, todos ellos son admirablemente valerosos.

Cons 2: Hemos  oído  hablar de un tal Rodrigo Díaz, caballero de poca edad pero de gran bravura, según se oye comentar.

Reina: Ah, sí, Rodrigo.

Rey: Buen guerrero me han dicho que es, pero extremadamente joven como para encomendarle tan delicada misión. ¿No pensáis igual?

Cons B: No sabría que decir, majestad, don Rodrigo es fuerte, hábil, valiente, y sobradamente versado en el combate cuerpo a cuerpo.

Cons A: Quién sabe si podría repetirse el duelo entre David y Goliat.

Rey: No sé, me gustaría saber qué es lo que piensa él. Por favor, llamadlo a mi presencia.

(Sale un consejero y entra Rodrigo)

Cid: ¿Majestad?

Rey: Rodrigo, el prícipe de la ciudad que hemos sitiado nos ha ofrecido decidir el fin de la guerra en un combate hombre a hombre entre su mejor guerrero y el nuestro. Mis consejeros piensan que vos deberíais ser nuestro representante.

Reina: Nosotros preferimos que seáis vos el que decida, debida la importancia del asunto.

Cid: ¿Quién es su guerrero?

Guar: ¡Yo!

(Se adelanta hacia el Cid que prosigue sin inmutarse)

Cid: Con la ayuda del apóstol Santiago y la fuerza de mi Tizona conquistaré la ciudad para vos, mi señor.

Cons2: ¿No os asusta vuestro contrincante?

Cid: Mayores enemigos he derrotado sin necesidad de desmontar de Babieca, mi caballo.

Sec: Decidido está, pues. Fijad el día y la hora.

Rey: Mañana al atardecer.

Sec: Así será.

(Salen)

ESCENA III

(Campo de batalla. Personajes: público en general. Entran el rey, el príncipe y los acompañantes de ambos)

Rey: Príncipe Alfasar, ¿os dáis cuenta de la importancia de este combate? Vuestra ciudad puede caer de un momento a otro.

Princ.: No tengo ninguna duda sobre cuál ha de ser el resultado de este torneo, mi guerrero es simplemente invencible.

Princesa: Lo siento por vuestro pequeño Cid.

Reina: Sí, claro, ya veremos qué pasa.

(Suenan las trompetas y entran los guerreros)

Público: Ahí llegan los combatientes.

Mirad, ese es el Cid, nadie podrá derrotarle.

Fijaos en el guerrero moro, parece un gigante.

Juez: Situaos en vuestros lugares. EL combate comenzará cuando suene la trompeta.

Guar: (Al público) Eh, cristianos, voy a matar a vuestro soldadito, le cortaré la cabeza y le sacaré los ojos. ¿Me oyes hormiga?

Cid: Hablas demasiado, Abdulá, y puede que te lleves una sorpresa.

Público: ¡Que empiece el torneo!

Rodrigo, demuéstrale a ese fanfarrón cómo luchamos los castellanos.

(Suena la trompeta y empieza el combate. Luchan con fuerza, tras unos momentos el Cid golpea en la cabeza a Abdulá que cae el suelo. El Cid pone su pie encima del moro y mirando al rey habla)

Cid: Majestad, ¿Qué debo hacer con este infiel que ha osado retar al ejército castellano?

Público: ¡Córtale la cabeza!

Rey: Rodrigo, haced lo que creáis más conveniente. Tenéis derecho a matarle.

(El Cid levanta la espada y mirando al príncipe grita)

Cid: Príncipe Alfasar, habéis hecho mal al retarnos. ¿No sabíais que el ejército castellano está defendido por Santiago apóstol? ¿No sabíais que el orgullo del castellano es más peligroso que vuestras espadas? Y vos, Abdulá, aunque veáis al enemigo pequeño de estatura y corto de edad, no penséis que por ello ha de ser pequeño su coraje y corta su fuerza. (Al público) ¿Debo matarle?

Público: ¡¡Sí, mátalo!!

Cid: ¡No! No mancharé mi Tizona con la sangre de un vencido.

(Levanta a Abdulá, éste se arrodilla mostrando agradecimiento. El Cid, mirándolo dice)

Cid:

Abdulá, tú, gran guerrero

Por un niño derrotado.

Mas no por eso yo quiero

Que te sientas humillado.

No sabías lo que hacías

Al retar a un castellano

Pues no hay mejor caballero

Bajo el cielo que un cristiano.

Y vosotros, compañeros,

Grandes reyes y soldados

No olvidéis en vuestra vida

Lo que hoy os he enseñado:

No hay más fuerte combatiente

Que el que lucha con Santiago.

Y no hay guerrero más valiente

Que el que a otro ha perdonado.

(Hace una reverencia al público)

FIN

Con “S” mayúscula

Hola, Sonia.

¿Cómo te va? Yo acabo de terminar los deberes de mate y ahora pensaba ponerme con los de Lengua, pero, qué quieres que te diga, no me siento con fuerzas.

Las clases de D. Jesús, el de Lengua, no suelen estar mal. Es uno de los pocos profesores jóvenes de nuestro instituto y, además, es bastante simpático. La mitad de las chicas están enamoradas de él -¡es que sois!- y se pasan toda la clase con risitas y comentarios:

“¡Es guapísimo, a que sí”. “Vive en mi finca y siempre que me cruzo con él me sonríe”. “Y además está soltero y creo que no tiene novia”.

A mí me cae bien porque es un tío con el que se puede hablar, no va siempre con prisas ni tiene ese “miedo a la proximidad del alumno” que sufren los mayores; ¡ni que todos fuéramos yonquis o adolescentes problemáticos con padres agresivos! Pero, aunque en general D. Jesús es bastante colega, de vez en cuando se le va la cabeza y nos manda unos trabajos interminables y aburridísimos.

Hoy ha sido uno de esos días. La clase ya estaba a punto de acabar, todo el mundo estaba recogiendo para salir en cuanto sonara el timbre y, cuando quedaba menos de un minuto, D. Jesús ha cogida una tiza y ha escrito en la pizarra:

Redacción: “la solidaridad”.

Mínimo cinco folios a doble espacio.

Para el miércoles.

No hace falta que te diga la que se ha montado. La gente ha empezado a protestar; que si se ha vuelto loco, que no da tiempo, que tenemos un examen de historia… Pero él, ni caso. Y, por si fuera poco, ha dicho que lo va a contar como un control y que hará media con el resto de exámenes. Con el jaleo que había, casi ni hemos oído el timbre.

Total, que aquí me tienes, delante del ordenador, sin saber qué escribir; y por eso, mientras hacía tiempo a ver si venía la inspiración, me he metido en el mail y he visto tu correo sobre la fiesta del sábado a la que, por cierto, no creo que pueda ir porque mis padres están más que moscas conmigo por las notas de la última evaluación.

Pero, en fin, volviendo al trabajo de Lengua, a ver si me puedes echar una mano que yo sé que a ti eso de escribir se te da bien y siempre has sido más ingeniosa que yo.

Para que no me digas que tengo mucha cara y que, al menos, tengo que poner algo de mi parte, te adelanto que llevo un rato dándole vueltas a posibles argumentos. Lo primero que he hecho ha sido buscar en un par de diccionarios online para ver qué significa exactamente “solidaridad”. Porque es una palabra que he oído cientos de veces, sobre todo cuando llegan las navidades, pero que no sabría explicar qué quiere decir. Espera un segundito que voy a pegar la definición que he encontrado:

Adhesión o apoyo incondicional a causas o intereses ajenos, especialmente en situaciones comprometidas o difíciles: hemos trocado la solidaridad por el egoísmo; ayudar al reciclado del papel es un acto de solidaridad.

Te reconozco que he tenido que leer tres o cuatro veces la definición para enterarme de lo que significa. Quizá sea porque tengo la música un poco fuerte y no me resulta fácil concentrarme. Voy a bajarla un poquillo a ver si me centro.

“Adhesión”: empezamos bien. A mí la palabra adherirse (espero que se escriba así) me suena a pegarse, a no resbalar. Creo que también significa unirse a algo, sumarse… Sí, debe ser eso, porque después dice “o apoyo”, o sea que son sinónimos, o al menos tienen un significado parecido.

Lo de “incondicional” está bastante más claro. Acabamos de dar los condicionales en inglés y Mr. José (siempre me ha parecido una horterada eso de llamar Mister a un español) nos explicó que una condición es un requisito para que algo ocurra; por lo que “incondicional” quiere decir sin condiciones, es decir, sin necesidad de cumplir ningún requisito. Hablando en plata, lo que se suele llamar “por el morro”.

Vamos a repasar que me estoy perdiendo. Entonces, hemos quedado que la solidaridad es unirse, pegarse, ayudar, no resbalar, no pasar de largo… Y eso sin condiciones, sin pedir nada a cambio, gratis, por el morro… Vale, de momento tiene sentido. Sigamos.

“A causas o intereses ajenos”. Fácil: ajeno es algo que no es tuyo, o sea, que es de otro. Siempre que oigo esta palabra me acuerdo de las clases de catecismo para la Primera Comunión: “No codiciaras los bienes ajenos”. Ahora ya sé lo que significa, pero entonces, lo de codiciar y lo de ajeno…

Y por último: “especialmente en situaciones comprometidas o difíciles”.  También se entiende sin problemas, ¿no?

Entonces, la solidaridad es ayudar, unirse, identificarse con otro u otros sin buscar nada a cambio, ni poner condiciones, y esto, no solo en los buenos momentos, sino, sobre todo, cuando las cosas se ponen feas.

¡Vaya! Pues no está mal.

Aunque, no es por nada, pero me parece que esto no existe. Fíjate bien en la definición.

¿Tú conoces a alguien que esté dispuesto a hacer eso? Es que no se trata de dar unas monedas o incluso un dineral. Tampoco es cuestión de dedicar un rato por las tardes, o los fines de semana… Se trata de identificarte con el problema del otro, es decir, asumirlo como si fuera tu problema. No es un “te ayudo a”, sino un “tenemos que”. Es decir que, si eres solidario, te conviertes en un inmigrante sin papeles, o en un mendigo, o en un anciano abandonado… Sus problemas son tus problemas.

Y, además, porque sí; no buscando nada a cambio ni solo si se dan algunas circunstancias favorables. “Apoyo incondicional”.

Y no te vayas a olvidar del colofón: “especialmente en situaciones comprometidas o difíciles”. Como si lo de unirse incondicionalmente a una causa ajena fuera poco, hay que llevarlo a cabo en los momentos duros.

Te lo repito, Sonia, esto NO existe.

Es cierto que, a veces, llegan noticias de gente que se va por ahí a echar una mano en países del Tercer Mundo. Y también hay un montón de ONGs y asociaciones de ayuda a los desfavorecidos. Y seguro que la gente que colabora con esos sitios es muy buena y hace grandísimos sacrificios. Pero me cuesta mucho creer que su actitud encaje al cien por cien con la definición de la palabra solidaridad, mejor dicho, Solidaridad. Porque, con ese significado, se merece ir con mayúsculas.

Seguramente me tacharás de incrédulo o escéptico. Es cierto que, a veces, busco segundas intenciones en las cosas buenas que hacen los demás; pero es que muchas veces las hay. Aunque se trate de una segunda intención noble: sentirse bien con uno mismo, ganarse la amistad o simpatía de otra persona, conseguir una buena fama…

Sin embargo, eso no encaja con esta palabra. Es que me estoy dando cuenta de que la Solidaridad es más que un concepto, es un ideal, una meta.

Imagínate que, de repente, todo el mundo empezase a actuar así, a ser solidario. Seguiría habiendo problemas: enfermedades, accidentes, catástrofes naturales, familias con necesidades económicas… Pero nadie se sentiría solo.

La solidaridad sería el fin de la soledad -suena un poco a trabalenguas, ¿no? “Solidaridad-Soledad”-. Y, me parece, que es esto lo que la hace tan especial. Es fácil saciar el hambre o combatir el frío, o curar algunas enfermedades. Basta con aplicar el remedio oportuno: comida, refugios, ropa, medicinas, dinero… Ahora bien, ¿cómo se combate la soledad? ¿Amontonando gente alrededor de los que se sienten aislados? Sabes bien que puedes sentirte solo aunque te rodee una multitud.

Una persona solidaria es aquella que consigue transmitir al necesitado que no está solo, que existe alguien que se une a él, que le ayuda sin buscar nada a cambio ni poner condiciones. Y que no se va a quedar solo, por mucho que empeoren las cosas.

¿Sabes? Acabo de caer en la cuenta de que igual me he precipitado hace un momento, cuando te he dicho que no hay gente así. Sí, sí que la hay, y más de los que parece…

Para empezar, mis padres, bueno mejor dicho, “los padres” o muchos padres porque sale cada uno en las noticias… Mis padres sienten mis cosas como si fueran suyas -a veces incluso se pasan, como con las notas-, no me piden nada a cambio y no me dejarían colgado si las cosas se pusieran feas. Pero eso no es porque sean solidarios, sino porque me quieren. ¡Uy, qué lío! A lo mejor es que, después de todo este rollo, va a resultar que ser solidario y querer a alguien es lo mismo.

Pero, ¿cómo vas a querer a una persona a la que acabas de conocer o ni siquiera conoces? La única respuesta que se me ocurre es que la quieres por el simple hecho de ser persona.

¿No se dice de los seres humanos que somos una gran familia? Pues si eso es así, deberíamos querernos unos a otros, aunque, lógicamente, querremos más a aquellos que tenemos más cerca. Yo tengo unos primos que viven en Buenos Aires y a los que solo he visto una o dos veces, pero siguen siendo mis primos y…

Vale, ya lo sé, me estoy yendo por las ramas. Pero es que, qué quieres que te diga, me he puesto a escribir y se me ha ido la mano.

Te decía que puede que sí que haya gente solidaria, mejor dicho, que es seguro que la hay, porque si no, no hay duda de que el mundo estaría aún mucho peor. Lo que pasa es que, como esa gente hace las cosas sin buscar nada a cambio, no ocupan la primera plana de los periódicos ni salen en los telediarios; no creo que tengan tiempo para conseguir protagonismos de ese estilo.

Y, además, como también te decía antes, no solo están necesitados de ayuda los que viven en la pobreza extrema. Todos, me incluyo, necesitamos ayuda en algún momento, y no hay nada peor que darse cuenta de que, a la hora de la verdad, aquellos que siempre estaban contigo te ignoran o desaparecen si las circunstancias no son tan favorables como de costumbre.

En fin, paro ya que me empieza a doler la cabeza de tanto mirar a la pantalla. Pues, nada, chica, que no creo que me dejen ir a la fiesta, aunque como hoy me han dado un examen de inglés en el que saqué un nueve, quién sabe si mis padres se calman un poco. Se lo enseñaré mañana por la tarde porque hoy no está el horno para bollos.

Se acabaron los cinco minutos de descanso y vuelvo a trabajar. Si se te ocurre alguna idea para la redacción me lo dices; no sé, algún cuento sobre una pobre niña huérfana que es acogida por gente supergenerosa o algún rollo de esos. Ya sabes que yo no tengo tanta imaginación como tú. Y ahora me toca rellenar cinco folios hablando sobre la solidaridad. ¿Sabes qué? Creo que voy a dejarlo para mañana, a ver si estoy un poquito más inspirado porque hoy…

Un beso

“El amanecer del Guerrero” ya está en digital

Los que quieran descargarse la versión digital del primer tomo de “Erik, hijo de Árkhelan” podrán hacerlo a través de la página web de la editorial Mi Elibro.

Este portal, que cuenta con una variada colección tanto en formato papel como electrónico, ofrece a los lectores la posibilidad de descargarse la obra que deseen en solo unos minutos y a un precio llamativamente inferior a las ediciones impresas.

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El precio de una sonrisa

Volvíamos de jugar un partido de fútbol cuando Pello, mi mejor amigo, me dijo:

-¿Sabías que el mundo se divide en tres tipos de personas? Los que saben contar y los que no.

Reconozco que al principio le miré extrañado, pensando que se la había ido la cabeza. Pero, antes de que la pregunta llegara a formarse en mis labios, entendí que, aunque no demasiado bueno, se trataba de un chiste.

-Ja, ja, ja –comenté con mi ironía habitual-, perdona que no me ría con más fuerza, pero es que el jueves me disloqué la mandíbula.

-Si has tardado media hora en pillarlo, no es culpa mía –me respondió él sin pestañear.

Como no supe que contestarle, le di un empujón y cambié de tema.

Ahí quedó todo, una anécdota que no pasará a los anales de la historia y que yo hubiera olvidado de no ser por los acontecimientos que han tenido lugar durante los últimos días, y que me han recordado la broma de Pello: “¿Sabías que el mundo se divide en tres tipos de personas?” Pues no, Pello, no se divide en tres sino en dos: los que buscan problemas y los que los atraen; yo soy el líder de este último grupo, no lo dudes.

¿Hay algo más inofensivo que bajar a comprar el pan? Miles de niños españoles, desconozco las costumbres extranjeras y no me fío de lo que sale en la tele porque allí siempre es todo ideal. Pues eso, miles de niños han recibido en una innumerable cantidad de ocasiones el encargo de bajar a la panadería de la esquina y comprar la barra y los tres panecillos necesarios para la comida y los bocatas de ese día. Yo no soy una excepción en nada, y menos a la hora de recibir encargos, y como además soy el mayor… Pues, venga: “¡Guito! ¿Has ido ya a por el pan?” “No, mamá, ahora bajo”. “¡Vamos, rey! Que se os va a hacer tarde para ir al colegio”. Estas frases, o unas muy, pero que muy parecidas resuenan por los pasillos de mi casa cada mañana entre las siete cuarenta y cinco y las ocho. El autobús pasa a las ocho y veinte, y no espera a nadie. Y, como lo pierda, ya no sólo me toca ir al cole en metro con mis dos hermanas de la manita -¡vaya papelón-, es que el puro que me cae es de los que marcan época. Recuerdo una vez… Perdona, me estoy yendo por las ramas. Como comprobarás, eso es algo muy mío. Pello dice que, cuando habla conmigo, al final acaba mareado por los giros que va tomando la conversación. Me parece que exagera un poco, aunque sí que es cierto que me gusta mucho hablar y que me engancho con cualquier tema, pero me estoy desviando otra vez. Volvamos al asunto principal.

Pues, como te iba contando, aquella mañana, que no tenía nada de especial, subí al ascensor y apreté el botón de la “B”, que ya está medio desgastado por tanto manosearlo. Al llegar a la planta baja, y tras la campanilla de rigor que precede a la apertura de las puertas, salí a toda prisa esquivando al portero por milímetros.

-¡Cuidado, zagal! –Exclamó él con su voz atronadora.

Murmuré una disculpa y continué mi camino sin disminuir el ritmo. Al salir a la calle, gire a la derecha mecánicamente y, a los pocos metros estuve a punto de chocar contra la persiana cerrada de la panadería.

-¿¡Cómo!? –Exclamé sorprendido.

Era la primera vez en cinco años que me ocurría algo semejante. Ya sé que tampoco es algo gravísimo y que nunca ocupará la primera página de un periódico, pero a esas horas de la mañana, y cuando vas con el tiempo justo, cualquier imprevisto es como una bofetada.

¿Has visto esas películas de guerra en las que el protagonista se queda como alelado porque ha estallado una bomba cerca de él? Sus ojos miran sin ver y sólo se escuchan sonidos lejanos y difusos, mientras la cámara gira a su alrededor mareando a todos los espectadores. Así me quedé yo, con la vista clavada en el folio cutre, pegado con celo a la persiana, en el que se explicaba que el horno permanecería cerrado hasta el día siguiente por motivos personales.

-¿Y ahora qué hago? –Me pregunté en voz alta.

Seguro que cualquiera de vosotros tiene varias posibles respuestas para esta sencilla cuestión:

-Vuelve a casa y díselo a tu madre –podría decir alguno.

-Ve al portal y pregúntale por el telefonillo –opinaría otro.

-Hay otra panadería a dos manzanas de aquí –dijo a mi espalda una voz familiar.

Sobresaltado, me giré rápidamente y me encontré cara a cara con Julia, la vecina del cuarto.

-¿Cómo? –Pregunté, volviendo a la realidad.

-Que hay otra panadería a dos manzanas de aquí –repitió ella, con su voz melodiosa.

-Ah, sí, es verdad. Pero es que… Ya es muy tarde y voy a perder el autobús –razoné con torpeza.

Julia es una chica joven y bastante guapa. Me saca por lo menos diez años, así que no me hago ilusiones, pero el hecho es que, cada vez que la veo, siento como si perdiera facultades mentales: me cuesta pensar, tartamudeo, me pongo rojo y sonrío como un idiota.

-Está aquí al lado –añadió ella con su sonrisa perfecta-. Si te das prisa, seguro que te da tiempo. Y además, como eres tan amable y simpático, seguro que no te importa traerme una barra de pan integral, ¿verdad?

Incapaz de llevarle la contraria, cogí el dinero que me ofrecía y corrí a toda velocidad, zigzagueando entre los peatones.

En honor a la verdad, debo reconocer que en todo momento fui consciente de que era materialmente imposible que me diera tiempo a ir a la otra panadería, parar en el cuarto, volver al ascensor, subir a casa, hacer los bocatas y bajar con mis hermanas para coger el autobús. Pero así somos los chicos, o al menos yo: basta una hermosa sonrisa para que ignoremos las indicaciones de nuestra razón y del sentido común. Y si no, que se lo pregunten a cualquiera de las otras muchas víctimas que ha habido a lo largo de la historia.

Total, que cuando llegué al horno, tardé unos segundos en ser capaz de decirle a la dependienta lo que quería. Apoyé las manos en las rodillas y me esforcé por recuperar el aliento.

-Chico, qué prisa tienes –comentó divertida la dueña del negocio-. Ni que se te fuera a escapar el autobús.

En un alarde de autodominio, controlé mi instinto asesino que me impulsaba a lanzarme a por su yugular, y pedí las dos barras de pan y los tres panecillos con la mejor de mis sonrisas.

En cuanto me devolvió el dinero sobrante, corrí hacia la puerta…

Antes de seguir con mi relato, quiero hacerte una aclaración: habitualmente soy una persona tranquila y pacífica. No suelo pelearme en el colegio ni faltar al respeto a los profesores. Soy un buen hijo y, aunque a veces les insulte o les chinche más de la cuenta, en el fondo quiero a mis hermanas. No digo que sea ejemplar, pero al menos debo estar en la mitad superior del ranking de ciudadanos. Nunca he estado en la cárcel ni en una comisaría. Nunca me han expulsado de ningún colegio, aunque sí de algunas clases. No consumo drogas ni digo tacos fuertes. En fin, que soy un tío del montón, pero en el buen sentido. Ahora bien, todo esto no quita que, de vez en cuando, sufra un cortocircuito neuronal y se me vaya la olla. No suele ocurrir con demasiada frecuencia, pero cuando ocurre, soy peor que el increíble Hulk; pierdo la objetividad, se me nublan los sentidos y sólo pienso en la venganza. Si hay algún mayor por los alrededores, la cosa no suele desmadrarse en exceso porque enseguida me agarran y, en cuanto me calmo un poquito, recupero la cordura y entro en razón. Pero si nadie me detiene… La espiral de violencia se acelera llegando a convertirse en un tornado.

Dicho esto, volvamos a la escena anterior. Cogí el cambio, lo guardé en el bolsillo, agarré la bolsa del pan y corrí hacia la puerta justo en el momento en el que una señora más pintarrajeada que mi libreta de mates entraba en la panadería. Intenté frenar pero estaba demasiado cerca. Nunca olvidaré la cara de susto de la pobre señora antes de arremeter contra ella. Sólo duró una fracción de segundo, pero ha quedado grabado en mi retina para siempre: la boca deformada en una mueca convulsa, la nariz arrugada como un acordeón, el maquillaje de las mejillas a punto de descascarillarse y los ojos… Aún me despierto por las noches bañado en sudor, el pulso acelerado y la respiración entrecortada al recordar el pánico de esos ojos saltones.

Fue un impacto terrible. La anciana no debía pesar más de cuarenta kilos y yo, aunque a mis amigos les digo que peso cincuenta y seis y medio, en realidad estoy por encima de los sesenta. No es que esté gordo, el problema es que soy muy alto para mi edad y entonces tengo que comer mucho para compensar la pérdida de energías que me produce el crecimiento. Además, sesenta kilos tampoco es tanto para un chico de doce años y más de un metro cincuenta y tres de estatura. Pues como te iba diciendo, la buena señora salió despedida por los aires como una pelota de playa y, afortunadamente, aterrizó sobre la enorme barriga de un ejecutivo gordinflón. Aunque parezca mentira, el gigante embutido en su traje a rayas cayó al suelo derribado por la pequeña mujer.

Me quedé paralizado en la puerta de la panadería. Durante unos interminables segundos llegué a pensar que había matado a la anciana. Algunos viandantes se acercaron al lugar de los hechos dispuestos a ayudar a los accidentados. Yo observaba todo incapaz de reaccionar hasta que un fuerte golpe en la espalda me sacó de mis pensamientos.

-¡Pero qué has hecho, animal! –Exclamó la dependienta mientras me apartaba de un empujón.

-Ha sido sin querer –me excuse con voz apenas audible.

Mientras tanto, tanto la anciana como el hombretón se habían puesto en pie. La pobre señora se palpaba las costillas con manos temblorosas. El ejecutivo, con el rostro enrojecido y sudoroso, se alisaba el traje mientras gruñía por lo bajo.

-Señora, perdóneme –le imploré acercándome compungido-. Lo siento muchísimo…

-¿¡Estás loco!? ¡Casi nos matas maldito mocoso! –Bramó el gordinflón abalanzándose sobre mí como un Mihura enfurecido.

No sé si fueron mis reflejos de futbolista o el instinto de supervivencia, pero el hecho es que conseguí apartarme en el último momento. ¿Qué sentí? ¿Has estado alguna vez esperando en un semáforo mientras pasa un trailer de doce metros a toda velocidad? Primero notas que el aire te empuja y después te absorbe arrastrándote tras él. Pues eso es lo que sentí yo cuando esquivé la embestida del loco del traje a rayas.

Pero la cosa no acabó ahí. Agotado por el esfuerzo, se giró lentamente y clavó en mí una mirada asesina. Para entonces ya se había congregado media ciudad a nuestro alrededor. Yo volví a disculparme angustiado por el cariz que estaba tomando la situación y por lo tarde que se estaba haciendo. La buena anciana, recuperada del susto y de la caída, de la que milagrosamente había salido ilesa, sonrió benévolamente y me dijo que no me preocupara. Algo aliviado, miré al gran ejecutivo con ojos suplicantes, esperando que emulara el gesto de la señora. Sin embargo, lejos de apiadarse de mí, comenzó a proferir insultos e improperios en un tono cada vez más elevado. Los que le rodeaban se fueron apartando intimidados por sus gritos. Hubo quien, desde lejos, le pidió que se calmara y que entrara en razón, pero eso sólo empeoró las cosas.

Yo no sabía qué hacer. Me sabía mal darme la vuelta y marcharme sin más, pero tampoco podía pasar el resto del día escuchando los desvaríos de un energúmeno enloquecido. Debo reconocer que, teniendo dos hermanas pequeñas y jugando de portero en un equipo de fútbol, he desarrollado una curiosa inmunidad hacia los insultos. No es que sea capaz de sobreponerme a ellos, no soy tan virtuoso, la dura realidad es que simplemente me dan igual, no me afectan lo más mínimo mientras se limiten a criticarme a mí. Si alguien se atreve a faltarle al respeto a mi familia o, en concreto, a mi madre… ¡Que se atenga a las consecuencias!

Y entonces ocurrió. En medio de la retahíla de despropósitos que fueron saliendo de su boca, cometió el grave error de incluir algunos que dudaban de la honradez de mi santa madre. De los acontecimientos que se siguieron a continuación sólo tengo unos vagos recuerdos, completados por la detallada descripción de mi amigo Pello, que casualmente pasó por allí de camino a la parada del autobús.

Al parecer, nada más escuchar las barbaridades que ese señor acababa de proferir, me abalancé sobre él sin previo aviso. El gordinflón, que de ningún modo esperaba semejante ataque de un chavalín de doce años, retrocedió un par de pasos tropezando con un macetero que le volvió a llevar al suelo, donde aterrizó con brusquedad, quedando patas arriba como una cucaracha. Yo, poseído por una locura momentánea, salté sobre su enorme barriga y le propiné una ininterrumpida serie de violentos golpes con la bolsa del pan. Bueno, lo de ininterrumpida es un decir, porque la realidad es que no tardaron demasiado en detenerme. Superado el estupor inicial, varios de los curiosos se apresuraron a intervenir agarrándome para que dejara de golpear a mi víctima. Recuerdo que, mientras me sujetaban, yo no paraba de gritar que iba a matarle, o algo así. En realidad no tenía intención de llevar a cabo semejantes amenazas pero, como te dije antes, una vez que se me va la cabeza me cuesta mucho contenerme.

Así que ahí estaba yo, apresado por lo fuertes brazos de un barrendero municipal, viendo como otra vez ayudaban a levantarse al coloso, derrotado por un niño. El grandullón, avergonzado y humillado, se limpió las migas de pan de la cara y la pechera, se alisó al traje mecánicamente y se marchó mientras intentaba arreglarse el peinado. Yo no sabía cómo reaccionar. Habían bastado unos pocos segundos para que me calmara, y la verdad es que me sentía fatal. Era cierto que ese hombre me había insultado a mí y a mi familia, pero aún así… En cuanto noté que mi captor aflojaba el agarre, me escurrí de entre sus brazos y corrí tras el enorme ejecutivo del traje a rayas, ignorando los gritos que se oían a mi espalda. No tardé mucho en alcanzarle porque el pobre hombre caminaba bastante despacio. En cuanto llegué a su altura, le estiré suavemente de la chaqueta para llamar su atención. Como marchaba sumido en sus pensamientos, tardó unos segundos en darse cuenta de que le estaba llamando. Finalmente, se giró lentamente con gesto distraído. Al reconocerme, se le tensaron los músculos de la cara y sus ojos se clavaron en mí con la fiereza de un león. Sentí que me fallaban las fuerzas y que mis piernas amenazaban con dejar de sostenerme. Reuniendo todo mi valor, y el de mis antepasados, me sobrepuse lo suficiente como para decirle:

-Señor, siento mucho lo ocurrido, de verdad. No sé que me ha pasado. Solo he venido para pedirle perdón.

Como por arte de magia, la expresión su rostro se relajó inmediatamente y su mirada perdió el tinte asesino. Es más, aunque no podría asegurarlo ni levantar acta notarial, yo diría que hasta llegó a sonreír. Animado por estos avances, seguí hablando.

-Ha sido todo culpa mía por salir de la panadería corriendo…

-Yo también tengo que disculparme –me interrumpió él poniendo su enorme mano en mi hombro-. Me he puesto muy nervioso y he dicho auténticas burradas.

-Bueno… –empecé a decir yo sin saber qué responder.

-No te preocupes, chaval, ha sido un accidente. Ten más cuidado la próxima vez, yo también lo tendré –añadió, esta vez sí, con una gran sonrisa-. Sobre todo si te veo con una bolsa de pan en las manos.

Enrojecí hasta las orejas.

El hombretón continuó su camino y yo me quedé unos instantes quieto, sonriendo como un bobalicón, ignorando la gente que pasaba a mi lado.

-Pero Guito, ¿¡se puede saber qué te pasa!?

-¿Qué?

-¿¡Sabes la hora que es!? –Me espetó Pello agarrándome del abrigo- ¡El autobús pasa dentro de cinco minutos!

Dicen que al nacer, todos sufrimos una especie de shock por el tremendo cambio de entorno. Mientras estamos en el interior de nuestras madres, no tenemos que preocuparnos de nada, ni siquiera de respirar. Pero en el momento en el que salimos al exterior, todo nuestro cuerpo protesta por las incomodidades a las que se ve sometido. Pues algo así me ocurrió cuando Pello me hizo volver a la realidad. De repente me vi en medio de la calle, a escasos minutos de que llegase el autobús, con una bolsa de plástico rota, y unas barras de pan destrozadas.

-¡Me van a matar! –Grité desesperado mientras corría hacia mi casa.

Entré en el portal derrapando, subí de un salto los tres escalones previos a los ascensores, apreté el botón de llamada y esperé horas hasta que se abrieron las puertas. Entré de un salto y pulsé el 10. “Ya se encargará mi madre de bajarle la barra a Julia”, me dije. Entré corriendo en casa y…

Seguro que estás esperando un final inesperado, no sé, algo en plan película de Hollywood. Por ejemplo: “entré corriendo en casa y me encontré con todos mis amigos esperándome para celebrar mi cumpleaños con una fiesta sorpresa”. Otra opción sería la típica salida que algunos ponen cuando no saben cómo sacar a su personaje de la complicada situación en la que lo han ido metiendo: “escuché una voz a lo lejos que me decía: ‘Guito, es hora de levantarse’. ¡Todo había sido un sueño!” Pues, mira, no. Ni fiesta sorpresa, ni sueño, ni final inesperado. La realidad es mucho más simple.

Entré corriendo en casa y me encontré a mi madre esperándome con cara de muy pocos amigos. Mis hermanas ya tenían la mochila a la espalda y esbozaban una sonrisa malévola sabedoras de que me esperaba una buena.

-¿¡Se puede saber qué ha pasado!? –Me preguntó mi progenitora. Bueno, aunque técnicamente se puede definir como pregunta, aquello era más bien una reprimenda contenida. Consciente de que una explicación en toda regla, lejos de mejorar las cosas iba a servir de detonante para el enfado monumental de mi querida madre, opté por asumir la culpa dando una respuesta parcial.

-La panadería de la esquina está cerrada y he tenido que ir a la otra, había mucha gente y…

-¡Déjate de historias y acompaña a tus hermanas al colegio! –Me interrumpió mi madre.

-El autobús ya habrá pasado –comencé a razonar.

-Mónica y Paula llevan dinero para el metro y para su almuerzo.

Ni siquiera me molesté en preguntar qué pasaba con mi almuerzo. Dejé la bolsa del pan encima de la mesa, cogí mi mochila y me encaminé a la puerta seguido por mis hermanitas. Desde el pasillo, mientras esperábamos al ascensor, escuché un terrible grito proveniente de mi casa:

-¡¡Guitooooo!! ¡Se puede saber qué le has hecho al pan! ¡Y quién te ha mandado comprar una barra de integral!

Afortunadamente, el ascensor llegó antes de que mi madre saliera a buscarme. Mis hermanas reían por lo bajo al ver mi cara de agobio, y no pararon de preguntarme qué había ocurrido. Obviamente, no les conté lo más mínimo y permanecí en silencio todo el viaje.

A la vuelta del colegio, mi madre, que se había pasado por la panadería, me requirió información detallada de los acontecimientos matutinos. Comprendiendo que sería absurdo mentir, además no es mi estilo, le conté todo de principio a fin. Sorprendentemente, no me regañó ni me castigó. Sólo comentó con una leve sonrisa:

-Poco después de que os marcharais al colegio, vino Julia, la chica del cuarto, preguntando por una barra de pan integral que te había encargado.

No voy a transcribir lo que pensé en ese momento, pero sí que te puedo asegurar que ese día aprendí una lección de por vida: “nunca, jamás, volveré a dejarme engatusar por una chica, aunque se trate de una chica de sonrisa perfecta.”

-Eso dijo Adán –comentó Pello cuando se lo conté.

Microrrelatos

LA ESQUINA DE LA VIDA

Pasó a su lado sin rozarle. Golpeado por su presencia, casi se había girado para mirarla cuando recordó que él no creía en los flechazos ni en el amor a primera vista…. “¡Tonterías de románticos y bobalicones atiborrados de novelas rosas y comedias de sobremesa!” Se dijo, y continuó su camino.

Dos pasos más allá, la echaba tanto de menos que, olvidando sus principios, volvió la vista atrás y la buscó entre la multitud… Pero era tarde, ya había doblado la esquina de su vida.

PESADILLA

Refugiado entre las sábanas, el pequeño se abraza a sus rodillas como el náufrago se aferra al último tronco en el que flota su vida.

En medio del océano de la noche, las pupilas se pierden como un grito en la tempestad.

La respiración entrecortada, anhelante, expectante.

Con las mejillas empapadas y la angustia a borbotones, retuerce sus pensamientos buscando una salida.

Primero es un gemido, después un susurro, finalmente un grito desesperado, un llanto de socorro. Un mensaje en una botella.

Se intuye la calma.

A lo lejos, los sonidos del puerto alimentan la esperanza de salvación y la luz del faro se cuela por las rendijas de la puerta.

Envuelto en un abrazo, el pequeño emerge de las profundidades atragantándose de vida, mecido por las olas, resucitado con un beso.

El mar está en calma, el sol vuelve a brillar.

Ya ha pasado todo.

Erik, el hijo de Arkhelan I. El Amanecer del Guerrero

Una fría mañana, Erik –un muchacho de quince años- recibe la inesperada visita de sus mejores amigos, Gunnar y Kodran, que le informan de que un lobo ha sido capturado y sacrificado por Olaf, el trampero. La curiosidad y el afán de aventuras incitan a los muchachos a dirigirse a las montañas en busca del resto de la manada, sin que en ningún momento sospechen que lo que descubrirán allí influirá en sus vidas de un modo determinante.

“El Amanecer del Guerrero” es el primer libro de la saga “Erik, Hijo de Árkhelan”, una serie condimentada con los ingredientes necesarios para el deleite de lectores jóvenes y adultos: aventuras, batallas, traiciones, personajes misteriosos, amistad, romance, honor… Y todo ello ambientado en los hermosos parajes de los países nórdicos.